México
26 feb 09
Siguiendo el itinerario trazado, vamos a México.

Duración diez y ocho días.
Terminado nuestro peregrinar en New York, y pensado en el viaje a México, felices y sin temor a las autopistas, Nos sentimos afortunados por haber podido conocer países y personas de diferentes lugares del mundo y además haberlo hecho de la forma que más nos gusta, viajando en moto. A diferencia de otros medios de transporte, excepto la bicicleta, la moto no te aísla del entorno. En ella disfrutas o padeces el frío, el calor, el viento, los olores...y al llegar a un remoto lugar, normalmente la gente siempre es más abierta cuando te ven sobre dos ruedas.
El viaje


Solo 235 kilómetros, así fue como nos lanzamos a nuestro segundo gran viaje, México, era el lugar elegido ya no había marcha atrás. En México todo fue diferente, sus gentes son espontaneas, francas y su idioma semejante al nuestro, lo cual nos identifica más con la identidad de la otredad.
No perdemos tiempo, nuestro interés es el de buscar las expresiones de otredad en las artes plásticas y en la música más representativa de este país, lo primero en llamar nuestra atención fueron los escritos y pensamientos de Octavio Paz, nacido el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac (Distrito Federal de México). Era nieto del escritor Irineo Paz, y la biblioteca de su abuelo, fue la primera en mostrarle las obras culturales más representativas. La otredad es un sentimiento de extrañeza que asalta al hombre tarde o temprano, porque tarde o temprano toma, necesariamente, conciencia de su individualidad.

En algún momento cae en la cuenta de que vive separado de los demás; de que existe aquél que no es él; de que están los otros y de que hay algo más allá de lo que él percibe o imagina.
La otredad es la revelación de la pérdida de la unidad del ser del hombre, de la escisión primordial. Adán se descubre desnudo; habiendo perdido su inocencia, se ve a sí mismo y apenas se reconoce.
La otredad es para el hombre moderno un mal que se soporta con dolor: la conciencia moderna no acepta que su individualidad sea una realidad plural y que detrás del hombre que piensa se esconda otro que mantiene una vida "ilógica", que sostiene a menudo lo que la razón reprueba.
Octavio Paz sitúa el análisis del problema de la otredad en el centro de sus reflexiones y sugiere en algunos de sus textos capitales los medios mediante los cuales el hombre, especialmente su contemporáneo, puede enfrentar esta fuente de angustia y resolver los conflictos que trae consigo mediante el diálogo y mediante dos realizaciones de éste: la poesía y el amor.
El mismo Octavio Paz narra en Itinerario, libro en el que hace un recuento de los sucesos significativos de su vida, la ocasión en que tomó conciencia de este fenómeno. Sucedió en su infancia: al sentirse abandonado por los suyos, aislado del mundo incomprensible de los adultos, el niño reconoció su soledad y se oyó llorando en medio de la indiferencia de los otros. Sus gritos resonaron en su interior y tuvo por primera vez conciencia de que alguien lo escuchaba: "Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, intimo e indiferente (...) oirse llorar en medio de la sordera universal." A partir de ese momento, agrega Paz, el individuo se separa del mundo y se dice "ya lo sabes, eres carencia y búsqueda". (Paz, Octavio. Itinerario. México. FCE. 1993, p. 36)
La otredad del individuo se manifiesta como el deseo de encontrar lo perdido, como el frustrado intento del andrógino de Platón que se abraza a la mitad que Zeus, en su cólera, le arrancara para siempre. La otredad empuja a los seres humanos a buscar al complemento del que fueron separados. Así, el hombre se une a la mujer, su otra mitad, la única que lo completa y que, al devolverle la perfección que la voluntad divina alteró, le permite el regreso a la unidad, a la reconciliación.
Ahora bien, esta revelación le aparece no sólo al individuo, sino también a una colectividad. Junto al hombre, encontramos al grupo de hombres que se identifican como una unidad sólida, distinta, que es y que vive de un modo particular, que condena aquello que los demás defienden, que cree otra cosa. Yo y los otros: nosotros y los otros. La otredad es, pues, un problema que concierne al hombre aislado y a la colectividad. En estas sociedades que se separan al percibir los rasgos que las identifican, la otredad se presenta como un sentimiento de extrañeza frente a aquello que no es asimilable a lo conocido; de ello resulta un rechazo fundado en el miedo a lo ajeno.
En nuestros días, afirma Paz, parece haber sido comprendida la necesidad de aceptar la pluralidad de las razas y las cultural como una condición para lograr una convivencia armoniosa en el mundo: "... en el siglo XX hemos descubierto al hombre plural, distinto en cada parte. La universalidad para nosotros no debe ser el diálogo de la razón sino el diálogo de los hombres y las culturas. Universalidad significa pluralidad". (Paz, Octavio. Hombres en su siglo. México. Seix Barral. 1990, p. 77)
Al hablar de la distancia que separa al uno del otro, debemos considerar el paso inicial. Reconocer la existencia de mi semejante, de la presencia que me permite tomar conciencia de mi individualidad; ver de frente al extraño a partir del cual me descubro y en oposición al cual mi ser se delimita es un acto que exige ante todo generosidad.
Cuando nos enfrentamos con la pregunta de la identidad cultural, étnica, lingüística, religiosa, nacional o supranacional de una comunidad humana nos encontramos con una respuesta fundada en un relato o narrativa que apunta hacia un virtual origen.
El discurso intelectual sobre la identidad latinoamericana se ha movido entre dos polos. Por un lado, se apropian del referente indígena con el objetivo de proponer una supuesta propiedad particular que define al colectivo latinoamericano; por otro, le niegan la condición de Sujeto al tratar de promover una supuesta identidad colectiva, lo cual suprime la heterogeneidad étnica en vista a promover una homogeneidad que olvida la Otredad interna.
Pero no solo en las letras se puede expresar las voces de la otredad, Daniel Lezama, o la otredad pictórica,
Fuente: http://www.letraslibres.com/index.php?art=11072

Yo otro. Yo otros. La presencia del otro, su transfiguración en la persona plural. Daniel Lezama lo plasma como imagen que sucede. Lo suyo es la narrativa de la experiencia de pintar-mirar un cuadro. Artista espectador, espectador artista. Lezama pinta al otro, a los otros. ¿Quiénes son? El maestro de ceremonia de la obra que da título a la exposición, Juan Gabriel, que canta la otredad, "Hasta que te conocí...", es uno de esos otros. Conocer al otro a partir de uno. Lezama decide pintar "La gran noche mexicana" como es esa noche en su imaginación. Es decir, no dice la última palabra ni la única verdad de esa noche. Es la verosimilitud del cuadro lo que atrae. Nada menos complaciente ni más preciso que la verosimilitud de esta obra que pone en crisis a los críticos ávidos de definiciones o astutas o exquisitas.
Daniel Lezama tiene la experiencia de la otredad como punto de partida. No es una meta, es algo de lo que se parte. A la experiencia de la otredad no se llega sino se viene de ella. Es una combustión lenta, interna, como en el poema "Salamandra" de Octavio Paz, donde el anfibio encarna esa experiencia, pues la salamandra es "una u otro"; geometría abstracta de la experiencia de la otredad. Daniel Lezama pasó su infancia en un lugar de Tejas. México fue desde entonces lo otro. Lo otro que es él. No su parte enemiga, con la cual buscaría conciliarse naturalmente. No su otro yo. Ni alter ego ni subego. Tampoco el uno unitario sino el uno que se reproduce. Así, México es visto e imaginado en sus aspectos diversos y sus rasgos singulares. Esto en pinturas donde el claroscuro nos dirige al mito de la caverna. En obras en las que diversas tradiciones premodernas y postmodernas se amalgaman y sintetizan; con ese naturalismo que escapa a la sentimentalidad embustera de los nacionalismos y señala su diferencia. Lo mexicano, no como una máscara, sino como una desnudez pervertida.
La expresión virtuosa no carece de espontaneidad. Pues estos cuadros no siguen proceso previo. Ni boceto ni idea. El concepto se revela en la superficie del lino, maestría que concibe sus instrumentos y sus materiales como extensiones del cuerpo, de su imaginación. Daniel Lezama no centra su eficacia en la temática ni en el sustrato discursivo de la voluntad de representación, porque, en todo caso, como el poeta, presenta lo que muestra: el pulso ontológico de una realidad identitaria que fascina, sorprende, exacerba e incita a ser vista, a convertirse en color, forma, volumen, luz, sombra. Las composiciones de Lezama no buscan resaltar la temática sobre lo mexicano, ni generar un relato; su narratividad tiene que ver más con lo dramático, en su sentido etimológico de acción. Porque siempre en sus cuadros algo sucede. El espacio es tiempo que transcurre. La mirada transcurre en ese momento de percepción directa. No son obras en busca de su espectador, sino acciones que atraen la mirada generando una experiencia hecha de referentes diversos.
Daniel Lezama entiende la pintura en su contexto actual y no padece el vértigo de la plástica frente a lo visual ni viceversa, pues su capacidad de expresión trasciende los falsos lindes del arte contemporáneo. Entre un cuadro y una instalación, entre una fotografía intervenida y la memoria videograbada de un performance, las diferencias son técnicas, no sustanciales. Ninguna es sustitutiva de la otra. Así, despreocupado del falso problema de la muerte de la pintura, Lezama nos participa de una era imaginaria de México, donde tiene lugar una simbiosis de lo antiguo con lo moderno, de lo actual con el pasado inmediato. Pintar, no lo mexicano, sino a los personajes que lo encarnan. Crítica e ironía, parodia y entrecruzamiento de signos presentes en el tiempo presente. Se trata de radicalizar sus medios, sus posibilidades expresivas, hasta el punto de hacer de la pintura una cosa. Una casa que es una imagen en metamorfosis perpetua. Porque, en el acto de pintar, entra en juego la imagen como semejanza, como espacio de confluencia e identidad. La intención de Daniel Lezama en sus pinturas es clara: sus personajes significan, no son símbolos estáticos sino signos en constante metamorfosis. Hay una realidad señalada que los motiva, una fabulación que los recrea: de esa manera queda abolido el discurso de la razón y brota lo irradiante que está en los aspectos menos agradables del espíritu, en su espacio mexicano.
Cómo entender entonces obras como "La pequeña noche mexicana" o "El manantial", sino como imágenes posibles, potenciadas del mismo modo en que los mitos, locales o globales, están presentes en la diversidad de la vida diaria. Y es en ésta donde se dice con frecuencia que uno "se va a morir en la raya". Lo que en la obra y la experiencia de Daniel Lezama se parodia diciendo: "morir en la imagen"... para renacer en ella. -
Pero,.. Devolvámonos en el tiempo, vamos al México antiguo, en Anahuac, el ombligo del mundo, Huitzilopochtli era el numen principal de los mexicas; el colibrí zurdo, aquel que condujo al pueblo elegido de las diversas tribus nahuas, el pueblo Azteca, desde la misteriosa isla de Aztlan hasta el altiplano mexicano donde se cimentaría la gloriosa Tenochtitlan, allí donde gobernaría el mundo mesoamericano entero.
El mito del nacimiento de Huitzilopochtli nos habla acerca de cómo estos hombres se hallaban inmersos en un universo sobrecargado de sentido: cada respiro suyo, era una ofrenda, cada sueño un contacto místico. Espléndidamente aislados durante milenios, desarrollaron una cosmovisión muy particular y valiosa, porque nos sumerge en ámbitos asombrosos de pensamiento en Otredad, diferente por completo al desarrollado por la razón greco romana, la del cristianismo europeo, la nuestra aún hoy. Fuente: http://sobreleyendas.com/2008/05/01/el-nacimiento-del-dios-colibri/
En Coatepec, la montaña sagrada, cerca de Tula ciudad imponente, una mujer admirable, Coatlicue, la de la falda de serpientes, hacía penitencia barriendo el templo. Súbitamente una pequeña bola de plumas cayó del cielo. Coatlicue la colocó en su seno, sin pensarlo. En ese justo instante quedó embarazada. Indignados, su hija Coyolxauhqui y sus demás hijos los Cuatrocientos Surianos, decidieron tomar venganza de su madre Coatlicue por esta afrentosa circunstancia. La madre se afligió mucho ante tal amenaza, empero, Huitzilopochtli, quien era el que se hallaba gestándose en su vientre, le consolaba hablándole desde allí: "-No temas; yo sé lo que tengo que hacer."
Uno de los Surianos, Cuahuitlicac, tomó partido por su hermano nonato. Él le brindaba información acerca de los lugares a los que iban arribando Coyolxauhqui y los demás, a fin de alcanzar a su madre para castigarla. "Ya están en Tzompantitlan,ya en Coaxalpan, los veo en la propia cuesta de la montaña, ahora están aquí."
En ese momento nació el dios Huitzilopochtli, rápidamente se procuró sus atavíos guerreros: su escudo de plumas de águila; sus dardos; su lanza-dardos azul, turquesa, su divino color. Pintó su rostro con franjas diagonales. Sobre su cabeza fijó plumas finas, además se colocó sus orejeras. En uno de sus pies, el izquierdo, que era enjuto, llevaba una sandalia cubierta de plumas. Sus piernas y brazos bañados de turquesa también.
Huitzilopochtli blandió su arma letal, la serpiente hecha de teas, la Xiuhcoatl, con ella hirió a Coyolxauhqui, le cercenó la cabeza, la cual rodó hasta quedar abandonada en la ladera de Coatepec. El cuerpo de Coyolxauhqui se disgregó hacia todos los rumbos posibles.
Luego el Dios Colibrí se irguió, persiguió a los Cuatrocientos Surianos, los acosó cual si fuesen conejos, en torno de la montaña sagrada. Cuatro veces los obligó a rodearla a fin de huir de su furia belicosa. En vano trataban de ofrecer defensa alguna contra él, ni siquiera al son de los cascabeles y ni al golpear de sus escudos.

Sólo unos cuantos pudieron escapar de su ominosa presencia, del furor de sus manos batalladoras. Se dirigieron hacia el sur, por eso se llaman los Surianos, los pocos que huyeron de Huitzilopochtli. A los fenecidos, el Dios Colibrí les quitó sus atavíos, sus adornos, su anecúyotl, se los apropió, los incorporó a su destino, hizo de ellos sus propias insignias.
"Y este Huitzilopochtli, según se decía, era un portento, porque sólo una pluma fina, que cayó en el vientre de su madre, Coatlicue, fue concebido. Nadie apareció jamás como su padre. A él lo veneraban los mexicas, le hacían sacrificios, lo honraban y servían. Y Huitzilopochtli recompensaba a quien así obraba. Y su culto fue tomado de allí, se Coatepec, la montaña de la serpiente, como se practicaba desde los tiempos antiguos." (De los informantes de Fray Bernardino de Sahagún)
Hoy es factible comprender, en este relato mítico, una lectura de la victoria cotidiana del Sol en contra de la noche, la Luna y las estrellas del firmamento. Porque las palabras dicen al mundo de diferentes maneras, y el silencio expresa sus motivos. El silencio: la voz del dios oculto, que nunca ha terminado de relatar(nos) sus hazañas, en el corazón mismo del Ser.
http://www.youtube.com/watch?v=6Ado6TVJaU8
Después de pasear por esas calles mexicanas, preparamos de nuevo nuestra salida, primero nos acercamos al taller, la moto bota algo, tengo la bota salpicada de gotas que solamente pueden ser aceite, la situación es bien clara, localizo las fugas, pero decido que es mejor ir a cenar y luego salgo del hotel para tomar algo, conocer gente, y enterarme si hay alguien capaz revisar el motor y después de solucionado el problema la mañana siguiente, las dos motos están otra vez viajando hacia el sur, la reparación ha sido un éxito.
Seguimos el viaje hacia Nicaragua. En la próxima entrega se enteraran de esta nueva ruta.